jueves, 23 de abril de 2009

VALORES

El valor de salir cada partido a jugar al fútbol, a dar espectáculo, a crear, a fantasear, a hacer posible lo imposible.

El valor de darlo todo todos hasta el final. Incluso ganando de goleada. De seguir, presionar, luchar hasta la muerte.

El valor de la humildad. El no elevar la mirada sobre los otros. El no menospreciar ni infravalorar a nadie, compañero o rival. Árbitro o comité. El no asomarse por la prensa para hablar si no es de fútbol. Hablando en la cancha. Como sólo hablan los grandes: con hechos.

El valor de jugar con tu gente, con los del lugar, con los que aman y veneran la camiseta, aquellos que sueñan vestirla desde pequeños. Y el valor de seguir formando. Construyendo el futuro.

El valor de estar al margen. Al margen de los rivales. Al margen de la prensa. Al margen de la polémica. Al margen del resultado. Hemos venido a jugar al fútbol. A pasarlo bien. A disfrutar.

El valor de crecer cada día, poco a poco. Hoy ganar un partido, mañana otro. Perder alguno quizá, siendo siempre nosotros mismos.

El valor de la personalidad. Ganemos o perdamos, atacar para atacar, jugar para jugar. Disfrutar para vivir, vivir para disfrutar. Sólo así se puede vencer, incluso cuando se pierde.

El valor de la humildad.

El valor de la leyenda. Jugamos como antaño. Heredamos un fútbol y hace tiempo que ya es nuestro. Nuestro, para bien o para mal. Ganaremos y perderemos como antaño. Y verteremos sangre si hace falta, como hicieron nuestros viejos héroes.

El valor de discernir. De distinguir, de localizar, de elegir. Sólo gente con valores. Sólo para futbolistas. Absténganse estrellas de tabloide y carne de telediarios. Sólo deportistas.

El valor del la unidad. El objetivo común. Como el hombre y la sociedad, el jugador y el club. Y lo primero, el equipo, nunca el individuo. Nadie rema a destiempo. Todos a una, Fuenteovejuna. Tots units fem força.

El valor del respeto. El dar la consideración que se merece a todo el mundo. A la afición, dándole lo que pide: fútbol. A los rivales, jugando contra ellos al fútbol, esto no es la guerra. Las patadas, al balón. Los puñetazos, en el ring. El aburrimiento, en las tertulias. En la cancha sólo un balón y once corazones palpitantes por el escudo que los abriga.

El valor del trabajo. Del primero al último. El portero, un líbero. El delantero, el primer defensa. El defensa, un delantero más. Las líneas, para moverlas. Los corsés, para romperlos a mordiscos. Los cuadrados mágicos, para hacerles rondos. La base: el movimiento.

El valor de saber que, ganemos o perdamos, somos referencia allá donde vamos. Que nos admiran por lo que somos y no por lo que aparentamos ser. Que sembramos envidia sana, que los antiguos llamaban ejemplo. Porque enseñamos lo increíble y lo hacemos posible ante los incrédulos.

El valor de ser un grupo inmaculado de chavales que cada vez que se juntan, levantan estadios en medio mundo, se ganan el aplauso incluso de los rivales, y ofrecen un espectáculo digno de admirar hasta por los profanos.

Porque el fútbol, como todo en este mundo, se rige por las reglas de la vida. De él podemos sacar muchas lecciones. Muchos valores. Y el ejemplo de estos chavales es un tesoro que jamás debemos olvidar. Ni en la cancha, ni en el camino.

Gracies Víctor V., Albert, José Manuel, Carles, Gerard, Rafa, Gabi, Martín, Eric, Dani, Sylvio, Yaya, Xavi, Andrés, Seydour, Eidur, Víctor S., Sergio, Lionel, Tití, Samuel, Bojan, Pedro, Pep, Tito, Juan Carlos, Paco, Manel, Txiki, Joan y todos esos ayudantes anónimos que hacen posible que estemos todos disfrutando tanto.

Y gracias por demostrar que, a parte de los billetes, algo de lo que hizo grande a este deporte permanece. Para verlo sólo hay que abrir los ojos. Y no llegar tarde ni cinco minutos. Te puedes perder tres goles…

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