Vaya mierda de título. Pero digno del año que empieza. Para empezar, se acaba el gran contrato. Puede que en un mes seamos la mitad. Puede que en un año la cuarta parte. Puede que en un par me encuentre vendiendo "El Caranzeiro" por fascículos en el metro de ¿Madrid? Sabe Dios.
Por lo demás, todo vello. El año entró sin pena ni gloria y parece la continuación del anterior (aunque no recuerdo exactamente si hace un año era tan vago). O sea, ron, cocacola, pitillos y cama. El piso franco por estrenar y la mente girando a revoluciones oscuras de carallo.
Creo que dejé de llenar este blog cuando me di cuenta de la nula evolución de mi vida mientras lo leía. Y aquí estoy de nuevo dispuesto a llorarle a la pantalla. Joder.
EL SEXTO PÁRAMO
Como el pequeño agujero de una madriguera que da entrada a innumerables galerías subterráneas llenas de inmundicias. Contemplo la tan ansiada noche desde el alféizar de mi ventana, y su silencio no me trae otro recuerdo que la inmensa soledad.
Antaño estos ventanales alumbraron grandes hazañas, grandes amores. Iluminaron con los rayos del astro abrasador las vicisitudes de una vida otrora joven, otrora feliz. Llenaron de vida con su luz a aquellos que se acercaban a mi palacio, como colmaba de amor a la vida el último destello del Ocaso. De un Ocaso que nunca terminó.
Desde esta ventana ansiamos el amanecer como ahora huimos ante su aterradora llegada. Desde esta ventana fuimos testigos del paso del tiempo, de los cambios, de las nuevas vidas y de las últimas despedidas. Hoy, a través de ella, sólo siento la oscuridad que me llena la cabeza de vísceras de otros y me llama para que trote toda la noche hacia un infinito muy indeseable.
Pero basta de burdos lamentos, debilidades evidentes de lo que queda de humano en mí, si es que queda algo más que el recuerdo ajado y empañado por la sangre. Basta de humanidad. La Negra Oscuridad nos llama y nos espera... impaciente.
Era una vieja taberna, en un camino semirural al que poco tiempo le quedaba. Las grúas se acercaban día a día, y lo que antaño fueron verdes prados, pronto serán bloques de cemento, grises y fríos como mi aliento.
Apenas un par de voces salían de su interior. Una, la más alta, era de un hombre, o probablemente de un viejo. Los desgarros del alcohol eran evdentes en su voz ronca y entrecortada. La otra voz era de una mujer, probablemente la tabernera, y carecía por completo de feminidad y de inocencia. La mujer trataba de largar al viejo mientras este le sulicaba humillado por otro vaso de vino.
La escena, sin verla, me dio arcadas. Me recordó algo extraño ocurrido hace mucho tiempo. Me evocó momentos de humanidad, pero también de muerte. Y recordé que una vez tuve que elegir. Y no tuve fuerzas. Pero uno, aunque no quiera, siempre elige. Y si no quiere, elegirá mal irremediablemente.
El pobre viejo no sólo no quería elegir, sino que ella eligiese por él. Quería volver al regazo de una madre protectora capaz de definir la vida de uno sin que uno se tenga que levantar. Y ella, en su piedad, cedía y elegía por él. El último vaso de vino. Un vaso de vino que un niño no merece. Y la mala madre se lo da, para descanso de su alma y condena de su cuerpo. Pútrido, fétido, fecal. Tan nauseabundo que incluso las bestias de Set arrugamos nuestras fauces ante tanta inmundicia.
No iba a permitir que esa pobre madre eligiese el funesto destino de su berraco. No le iba a dejar descansar. Impediré como sea que el cobarde alcance su patético destino. Le daré un destino nuevo, un destino suyo todo para él. Sin madrazas en las que apoyarse, sin padres ante los que responder. Sin cristales en los que mirarse ni soles que acentúen el mal del ron. Lo hundiré en la más negra Oscuridad.
Cuando la mano del viejo se extendió hacia su último vaso de vino, ante la impaciente y triste mirada de su sirvienta, decidí que era el momento idóneo. Sus dedos abrazaron el vaso como si fuese de oro puro y sus labios cortados se acercaron al divino manjar. El vino rojo entró por su garganta y cayó por la comisura de sus labios como si viniese de darse un festín salvaje. La mirada del viejo se clavó entonces en la berraca. Sus ojos se volvieron negros como la noche y sus labios enrojecieron de excitación.
Algo raro debió advertir la tabenera, pues al momento, rauda y apurada, agarró un cuchillo de cocina como si hubiese visto al mismo Diablo. Y seré yo el que niegue tal visión. Pero de nada sirven cuchillos, pistolas o cañones ante la Ira de la Noche, pues es más penetrante, dura y mortal que cualquier metal, pecado o venganza. Apenas si pudo defenderse.
Con sus propios dientes, blancos ahora como la leche materna, el Diablo decidió volver a ver el corazón maternal que antaño tanto amor le dio. Trataría de devolvérselo, y, si no pudiese, se lo llevaría consigo. Poca resistencia puede oponer un costillar para un lobo hambriento. Y poco miedo puede uno tener de tan rápida muerte.
Cuando la faena estuvo completa, el viejo cayó inconsciente. Tenía sangre y vísceras por todo su cuerpo y un fino hilo de vino bajaba por su barbilla. Nunca tanto había disfrutado de un néctar. Era hora de dormir plácidamente. Como en el regazo de una madre. De la Madre Noche
Aún me encontraba en la vieja taberna, colgado del techo, casi imperceptible, cuando las autoridades llegaron alertadas por un vecino lo suficientemente valiente para llamarlas, pero demasiado cobarde para no hacerlo. Cuando entraron y encontraron al viejo lleno de sangre durmiendo plácidamente con una sonrisa de recién nacido, tumbado sobre las vísceras de su amada, no pudieron más que salir horrorizados.
Sólo horas después, cuando el amanecer apuntaba en el cielo, dejaron todo limpio, llevándose al viejo loco a quién sabe qué inmundo agujero. No tan inmundo como el mío. Só lo entonces regresé a mi ventana y pude ver, con el temor de un niño asustado, los claros rayos de sol que alumbran en en alba y que antaño iluminaron mi vida.
viernes, 9 de enero de 2009
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1 comentario:
Tétricas tribulaciones trastornan a Tomi.
Mirando por la ventana,
naciendo cada noche para volver a morir con la salida del sol.
Solitaria y sombría es la vida del nostálgico.
Cómicas respuestas a preguntas sin sentido.
Domado el espíritu por mágicos brebajes.
Es triste el atroz transcurso de los años pero más trágico resulta permanecer atrapado en el recuerdo.
¡¡¡Espabila Tomasino!!!
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