lunes, 23 de julio de 2007

26 horas de sueños

El jueves me acosté a las 6 de la tarde pa echar una siesta y me desperté el viernes a las 7 y pico de la mañana. Ayer domingo (y con circunstancias totalmente diferentes, pues no dormía desde la tarde del sábado) me acosté a las 6 de la tarde de nuevo y me sobé otras 13 horas. La verdad, la explicación, las respuestas... no lo sé. Los efectos... tampoco. Mera anécdota que permite verificar, una vez más, que cuanto más duermo más sueño tengo. Y más duele la espalda. Hoy es un lunes raro... Hay que ir a Tai Chi, y no tengo el cuerpo... desde Ortigueira que no lo tengo...

Cuando duermo, sobre todo a la luz del día, tengo mogollón de sueños, o más bien "flashes" de los que casi nunca recuerdo nada. Pero a veces sí, y pa mi que me estoy volviendo tarumba. Sin comentarios.

La verdad es que fue un finde duro. Por variar hice cosas que no quería hacer, que ya había hecho y que me prometí no hacerlas más. Por suerte siempre hay algo que te devuelve a la realidad. La mala imagen pública, el paso del tiempo, el agotamiento físico, una paloma herida... Los caminos de la salvación son insospechados, inexcrutables, paradójicos. No sé a quién hay que darles las gracias. Pero MIL GRACIAS.

Tengo que acabar con eso. No puedo hacerle caso a mi yo alcoholizado, ese al que le silban las balas en las orejas mientras él hace lo propio con una canción de soledad y desolación. Tengo que dejarlo. La castidad no es tan mala como el arrepentimiento...

El sábado a la mañana, tras pasar unas cuantas horas alcoholiempalmado, una paloma me salvó, y sentí un gran alivio al final, de tal modo que no pude hacer otra cosa que pasear hasta mi barrio con las manos atrás y con un sosiego, una tranquilidad, impropias del momento y de las circunstancias.

Al final, a pocos metros e hogar, decidí pasarme por el viejo bar de los partidos de fútbol, de los puretas, los vinos y las partidas de dados. Allí un artículo de la voz, criticando las drogas (por variar, aunque con algo de razón, y no lo digo sin saber), rezaba "o berro de soidade de Janis non será igualado".

Casi me acaba de hundir en el viejo y feliz mundo, en el de los recuerdos imborrables que uno tiene que borrar (imposible) u olvidar temporalmente (muy difícil) para poder seguir respirando. Pero no. Es el precio de ser un cabrón. El precio de una paloma herida, de un silbido triste, apocalíptico. EL precio de los errores de los que uno se supone que debe aprender.

Pero como todo el mundo sabe, el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. O tres. O las que hagan falta.

Menos mal aquella pobre paloma...

Soy un cabrón.

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Tampoco hay que flagelarse. Para bien o para mal, tan sólo se trata de no hacer lo que no quiero hacer. Y sobre todo, y para no llegar hasta ahí, se trata de HACER LO QUE QUIERO HACER. La cobardía, las consecuencias imaginadas, siempre negativamente, frenan. Y no veas si frenan. Y frenando lo bueno, lo deseado, se acelera lo malo, lo indeseable. Y no porque lo sea objetivamente (seguramente se trate de cosas mejores y más deseables que yo, como demuestra su paciencia y su buena voluntad...), sino porque lo es objetivamente (NO QUIERO NO QUIERO NO QUIERO).

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